ALTRUÍSMO | LOS 700 MILAGROS DE CIRUJANOS DEL MUNDO
La inventiva gallega salva a Ambrose
Su madre lo esperaba como 'El Deseado'. Cuando nació, le dijeron que tirara 'aquello', pero lo sacó adelante inyectándole leche por el globo ocular. ¿Cómo tratar su mal, único en el mundo? Unos médicos gallegos encontraron la solución. Y una casa para él en Lugo.
MANUEL DARRIBA
Nuwarinda: El Deseado. En Uganda, las madres tienen derecho a elegir el apellido de sus hijos. La de Ambrose tenía 50 años y cuatro hijas cuando nació. Habían intervenido los hechiceros para que concibiera el ansiado varón.
Pero cuando vieron la cara de el Deseado le aconsejaron que se deshiciera de aquello. Que alguien lo matara. Era un rostro partido en dos, sin ojo izquierdo. A la altura de la cuenca vacía estaba la lengua.
La parturienta lo miró sin asco y decidió que viviría. Cada día vertía leche con una jeringuilla en el ojo vacío del niño. Los médicos desahuciaron a Ambrose Nuwarinda. No pudo ir a la escuela. Hace tres años, la madre oyó hablar de unos médicos mzungo, unos blancos que operaban casos como el de su niño. A 200 kilómetros de su aldea, en el Hospital de Mulago, Kampala.
Febrero de 2005. El médico lucense Joaquín Mendonça y sus compañeros de la ONG Cirujanos del Mundo se encuentran frente a una enfermedad que nadie ha descrito en la literatura médica. «Esa noche debatimos durante mucho tiempo», recuerda el doctor. «Discutimos los tipos de operación que se le ocurrían a cada uno. También había quien abogaba por no hacer nada. Era una intervención de altísimo riesgo».
Ambrose, de ocho años, padece un combinado explosivo que corroe puntos básicos de su pequeña anatomía. Su cara estaba afectada por fisuras de Tessier 3 y 13, de las que sólo hay tres casos descritos.
Tenía problemas en el cerebro, le faltaban arterias y padecía una tetralogía de Fallot, la malformación que comunica los ventrículos del corazón y mezcla las sangres arterial y venosa. «Todo esto junto no se había dado nunca y estamos seguros de que lo ha causado una única enfermedad», explica Mendonça. «El proceso se produjo durante la formación del embrión».
COLEGIADOS EN UGANDA
Tres días después de llegar a Kampala, Ambrose entraba en quirófano. «La primera operación consistió en separarle la cara del cráneo. Se cortaron todos los huesos y cerramos la fisura», describe el cirujano. Ambrose ganó su primera batalla: dejó de alimentarse por el ojo. Luego hubo otras intervenciones. «Entre ellas, la de un cirujano plástico inglés de una ONG que le estropeó la cara aplicando técnicas impropias. Nosotros tuvimos que arreglarlo».
De no estar allí los mzungo gallegos, Ambrose lo habría tenido difícil. El, y todos los críos a los que la ONG opera en Uganda de dolencias más conocidas pero igual de devastadoras: labios leporinos, fisuras, anquilosis...
En este último caso, la mandíbula se fusiona con el cráneo. Los niños no pueden abrir la boca, no pueden comer y mueren de asfixia. Cuando Mendonça y sus compañeros pisaron Uganda por primera vez, en unas vacaciones de hace 11 años, se encontraron con un único cirujano maxilofacial para todo el país. Para 30 millones de personas. Sumando los estados vecinos, «tenía una población potencial de pacientes de 60 millones de personas». Enkoko, el sufrido médico, «trabajaba en un departamento de nueve metros cuadrados». Los colegas europeos, treintañeros e idealistas, decidieron volver.
Desde entonces han sido fieles a la cita anual con Uganda. En una década, a base de trabajar sin descanso todo el mes de febrero, han intervenido a 700 pacientes de todas las edades. Soldados mutilados de las guerras de Africa Central. Rostros infectados y malformados. Traumatismos. Enkoko murió el año pasado, víctima de un infarto, sin ver los últimos frutos de la ONG: un programa para formar médicos locales en cirugía maxilofacial. «Han empezado tres, esperamos que estén listos dentro de cuatro años», confía Mendonça.